A Latifundista
By Zarah Villanueva
This piece won second place at the II Edición Certamen Literario “Relato de Trilla” essay competition in Almedinilla, Cordoba, Spain, on 12 July 2026. The original essay (in Spanish) is reproduced below the English translation that follows.
It is 7:00 in the morning on a sunny June weather, Baldomero forces his way to get ready for a long and tiring day. The sun rose more than an hour ago from the hills of the Sierra Madre in Labrador. The sun’s rays reflect a very bright hue with glimpse of a rich tropical forests of various hardwood such as molave, acacia and mango fruit trees. Baldomero starts to feel the sweat on his face and expects more of perspiration as humidity rises more during this day in his hacienda. He breathes in the salty fresh air as he sees fishermen in their boats or bancas as he takes his morning ginger brew in front of an endless sea. His thoughts take him to a previous saying where once his land was the Spanish imperial dynasty where the sun never sets.
“Don Baldomero, Don Baldomero, the karitela is ready to take you to your hacienda, Sir.”
A voice of a young man disturbed his melancholic thoughts as the karitela, a two-wheeled horse drawn carriage has been waiting for him to bring him to oversee your locals, men and women in the planting of rice in his vast hacienda of more than 90 hectares located in Pangasinan, Luzon, Philippine Islands.
With his crisp breezy camisa de barong Tagalog, a wide-brimmed sombrero and a cane in his right hand, Baldomero is ready. During the Karitela ride, his pensive thoughts led him to reflect his own land, in the Subbetica region, Andalucia, Spain which he left behind more than 20 years ago. Just as the Karitela with the obedient horse with covered eyes trotted its way from the beach-front house to the stoned-lined road of the municipio and the San Raymundo parish church and town plaza, Baldomero was lulled to a dreamy daze. He remembers his childhood where agricultural workers harvested wheat on a hot June summer in Andalucia. Though different breeds of equine animals, local horses differed from the mules he once knew, however both horses are determined to have the same strength of an important work animal.
‘Yaah! Arre buey, camina mulo!
Que el sol esta en lo mas alto
Y el amo guardarlo el duro
Mientras nosotros sudando
“Don Baldomero, Don Baldomero”, we are here”, the karitela driver in his loud voice signaled the end of the journey. They have arrived at Sta. Romana, the hacienda of Baldomero where young and old locals, darkened by the heat of the scorching heat of the sun have started transplanting rice seedlings into the rice paddy. It is the perfect time to start according to lunar predictions before rice becomes ready to be harvested in three months. A carabao, half-submerged in the rice paddy with its wooden plow stuck at its back, stared blankly at Baldomero.
Though he has been called several times by the local farm workers, Baldomero seemed to be stuck in his karitela’s seat recalling his Andalucian dream of being a latifundista. He recalls vividly his parents and townspeople all gathered in the harvest of wheat with loud chatters of complaints, challenging their frustration with a lament of wheat land that farmers would never own. Suddenly, lyrics of a cante de trilla enveloped his thoughts echoing his recollections of a farm-laborer’s plea.
Esta tierra no es mia
Que es del duque y del marques
Yo lo labro noche y dia
Y el pan no lleva a ver
His deep pensive nostalgia was cut short when he heard the local rice farmers being so submerged happily in water in the rice paddies. They were singing a folk song telling fellow workers of the need to twist and bend while transplanting rice in the muddy, water-filled rice paddies all day with no chance of sitting nor standing. The song brings happiness to everyone and lessens the hardwork of all day tilling the soil.
Plantar no es ninguna broma
Todo el dia agachado
No puedo ni ponerme de pie
No puedo ni sentarme
Baldomero oversaw the day happily though he differed in the lunch brought from home. His wife prepared for him bread and smoked dried meat. He ate with his loyal agricultural workers , miggled with them and received reports of previous harvests, planning the care of the rice until it is ready in three months. He made sure of his being an “amo” who is caring, concerned, and well-loved.
At the end of the day, Baldomero reflects that he has fulfilled his dream of being a latifundista of his adopted land, he calls the Philippine Islands.
Son las 7:00 de la mañana de un soleado día de junio. Baldomero se dispone a duras penas para prepararse para una larga y agotadora jornada. El sol salió hace más de una hora desde las colinas de la Sierra Madre en Labrador. Sus rayos reflejan un brillo intenso, dejando entrever la exuberante vegetación tropical de diversas maderas duras como el molave, la acacia y el mango. Baldomero empieza a sentir el sudor en el rostro y anticipa que transpirará aún más, ya que la humedad aumenta durante el día en su hacienda. Respira el aire fresco y salado mientras observa a los pescadores en sus barcas o en la orilla, y disfruta de su infusión matutina de jengibre frente a un mar infinito. Sus pensamientos lo llevan a un dicho del pasado, donde su tierra fue antaño territorio del imperio español, un lugar donde el sol nunca se ponía.
“Don Baldomero, Don Baldomero, la karitela está lista para llevarlo a su hacienda, señor.”
La voz de un joven interrumpió sus pensamientos melancólicos mientras la karitela, un carruaje de dos ruedas tirado por caballos, lo esperaba para llevarlo a supervisar a los lugareños, hombres y mujeres, en la siembra de arroz en su vasta hacienda de más de 500 hectáreas ubicada en Pangasinan, Luzón, Islas Filipinas.
Con su fresca y ligera camisa de “barong Tagalog, un sombrero de ala ancha y un bastón en la mano derecha, Baldomero está listo. Durante el paseo en karitela, sus pensamientos lo transportan a su tierra natal, en las sierras subbéticas de Andalucia, España, que dejó atrás hace más de 20 años. Mientras la karitela, con su obediente caballo de ojos tapados, trotaba desde la casa frente a la playa hasta el camino empedrado del municipio, la iglesia parroquial de San Raymundo y la plaza del pueblo, Baldomero se sumió en un ensueño al recordar su infancia, cuando los campesinos cosechaban trigo en un caluroso verano de junio en su pueblo, Almedinilla. De razas diferentes, los caballos en las Islas Filipinas se diferenciaban de aquellas mulas que conoció, si bien ambos tipos de caballos estaban decididos a tener la misma fuerza que un animal de trabajo importante.
‘Yaah! Arre buey, camina mulo!
Que el sol está en lo más alto
Y el amo guardarlo el duro
Mientras nosotros sudando
“¡Don Baldomero, Don Baldomero, ya llegamos!”, el conductor de la karitela, con voz fuerte, anunció el final del viaje. Habían llegado a Santa Romana, la hacienda de Baldomero, donde jóvenes y ancianos del lugar, ensombrecidos por el sol abrasador, habían comenzado a trasplantar plántulas de arroz al arrozal. Según las predicciones lunares, era el momento perfecto para empezar, antes de que el arroz estuviera listo para la cosecha en tres meses. Un carabao, un búfalo asiático, medio sumergido en el arrozal con su arado de madera clavado en el lomo, miraba fijamente a Baldomero.
Aunque los campesinos locales lo habían llamado varias veces, Baldomero parecía estar atrapado en su asiento de la karitela, rememorando su sueño andaluz de serlatifundista. Recordaba vívidamente a sus padres y a los vecinos reunidos durante la trillando en la era, murmurando quejas y expresando su frustración con un lamento por las tierras que jamás poseerían. De repente, la letra de uno de aquellos cantes que los gañanes de vez en cuando entonaban durante la trilla, inundó sus pensamientos.
Esta tierra no es mía
que es del duque y del marqués
yo lo labro noche y día
y el pan no llego a ver
Su profunda y reflexiva nostalgia se vio interrumpida al oír a los campesinos locales, sumidos alegremente en el agua de los arrozales. Cantaban una canción popular que les contaba a sus compañeros la necesidad de retorcerse y agacharse mientras trasplantaban el arroz en los arrozales fangosos e inundados, sin posibilidad de sentarse ni de ponerse de pie. La canción les brindaba alegría y aliviaba el duro trabajo de labrar la tierra durante todo el día.
Plantar no es ninguna broma
Todo el dia agachado
No puedo ni ponerme de pie
No puedo ni sentarme
Baldomero pasó la jornada con alegría, aunque no estaba de acuerdo con el almuerzo que había traído de casa. Su esposa le preparó pan y carne seca ahumada. Comió con sus leales trabajadores agrícolas, conversó con ellos y recibió informes de las cosechas anteriores, planificando el cuidado del arroz hasta que estuviera listo en tres meses. Se aseguró de ser un empleador atento, considerado y querido.
Al final del día, Baldomero siente que ha cumplido su sueño de ser un latifundista en su tierra adoptiva, las Islas Filipinas.
Filipandaluz



